sábado, 19 de julio de 2014

Cartas a mí mismo
                                                                                                          por Fernando Iturrieta
Carta al niño 2
Hablame, hablame, niño.
Suena a una melodía extraña, a un llamado patético, imperioso, pero débil, desesperado. Es buscar en lo que parece no encontrarse.
Hablame.
O quizás para hablarme necesites que hable yo primero. Que te cuente qué de vos queda en mí, qué retazos de tu noche están en la manta de mis sueños.
Será que debo ganarme tu confianza, que no te resulte tan extraño este que te enfrenta o te escribe o más bien te habla en letras, aquello que viene pronunciando como puede desde adentro.
Suena muy abstracto si lo que te digo no está dotado de historia, de algo de mi vida que pueda poner delante de vos y que me respondas.
El barco en que soñaba en el fondo del jardín o más bien la cubierta despreocupada de mar que aparecía en el sueño diurno bajo el paraíso del fondo de nuestro jardín. Ese era el espacio en el que iba a trasladarme o quedarme en un movimiento hacia un infinito de belleza soleada y perfumada por el propio aire.

 ...continuará

viernes, 18 de julio de 2014

Cartas a mí mismo

por Fernando Iturrieta
Carta al niño 1
Lo que he buscado en él es al niño lastimado, confuso, interrumpido. Cuando quiere escapar, me desespero por reencontrarlo, porque temo haberlo perdido para siempre. Cuando quiere acorralarme, cuando me exige desprenderme del futuro, lo silencio, lo dejo.
Temo a su silencio y a su huida, a sus caprichos y a su descubrirme en el adulto quebrado.
Su naturaleza volcánica es mi explosión.
Me doy cuenta que no me atrevo, que describo afuera lo que no puedo enfrentar y tratar de vos, de tú, mirarlo en la cara de la letra.
No puedo aún escribirle.
Mi niño es un forastero de mí.
Si algo remonta la felicidad es su noche de alba helada sobre mi hombro y sentir que cuidaba su respiración. Lo que fui o quise tener de mí quedaba resguardado por mí mismo o ese otro que era el hombre que había vuelto a cuidarme en el fin del invierno.
Si pudiera escribirte, niño, pibe, purrete, chiquilín, chiquito, gurí, chango, nene.
Y cuando pongo en el tú, en el vos, el niño es otro, lo dejo sólo en el otro que es aún más inasible que mi propio viejo y pequeño niño envolviéndose en una capa tercamente anudada.
Hace poco, mirándote abrazado a mí, recién despierto, te dije: eras mi chiquito, ya no lo sos.
Porque el que busco y no aparece, está como encriptado en mis sílabas disueltas en la sangre.

                                                                                                                                        continuará...

miércoles, 16 de julio de 2014

Cartas a mí mismo

Introducción, interrogante

1
No hay nada más difícil que encontrarse uno, ¿no?; pensar, decirse las cosas que no se dijo, hallar esos huecos, la cantidad de silencios que abarcan lo que no nos animamos a pronunciarnos. 
Seguro que se dan vueltas, vueltas,  y golpes, todos contra una pared que suena a lo peor del sí mismo, a lo que se secó, o a lo que se pudrió, si eso pudiera tener un sonido.
2
Empezar casi compulsivamente a narrarse a sí mismo.
¿Qué es lo que serían las Cartas a mí mismo? Lo que parece más sencillo, lo que parecen borradores dispersos, pueden ser la parte más difícil, dirigirse al interior del yo;  decirse las cosas, salvo las más elementales. Éstas pueden constituirse en una tarea casi terrible.
Escribirme significa apropiarme, ponerme en el lugar en el que puedo ser el protagonista y mi propio testigo, yo como sujeto y también mi propio objeto; tener las  caras de la acción significadas en la misma persona
Puedo contarme.
3
Si preguntara, tendríamos que  ver qué de mi contesta o quién de mí.
Podría llegar a pensar que hay muchos en mí que pueden llegar a contestar.
Si por ejemplo, quisiera preguntar o a interrogar al niño, al que fui, la pregunta es dónde aparecería ese niño y qué aparecería de él, si es una reconstrucción de la memoria o realmente algo de ese niño está puesto, depositado, refugiado en algún sector de mí mismo, como para ir a buscarlo y sacarlo y si eso que fui o ése que fui, está.
Quizás es una pregunta muy pretenciosa y el asunto es qué podría preguntar, qué sería capaz de preguntar, cómo podría llegar a interrogar y si la pregunta la hago a alguien que conozco, que conocí, si llego a reconocer qué dice de mí o qué dice de mí mismo, a lo largo de los años.
4
Cada parte interna de uno estaría presente.


Una de las hipótesis es que esos capítulos, esos fragmentos, si se quiere segmentos, no se reconstruyen con la memoria sino que están y a lo largo de la vida, cada etapa que sigue, está esperando, digamos, la posta pasada por la anterior, a veces a destiempo, a veces en un lugar incorrecto de la carrera. 

continuará...

sábado, 12 de julio de 2014

El silencio filoso del sueño
por Fernando Iturrieta
El entramado del relato y las fisuras de la conciencia.


No sé cómo desperté esa vez. Me abarcaban el amargor y la certeza de la comprobación que latía en mí hacía ya un tiempo.
John iba enmudeciendo a medida que cantaban, erguidos frente al público, como lo habían hecho en las viejas actuaciones, con los dos micrófonos, anticipado el de John, más atrás, el que usarían Paul y George. No sé si veía a Ringo; lo suponía a mi derecha, confiaba en que estaba respaldando el entorno.
No los soñaba desde mi adolescencia cuando recorría diariamente de Villa Adelina a San Isidro1, mi secundario. Entonces, maravillado, los veía, imponiéndose a un público en el que yo estaba mezclado, desde lo alto de un escenario montado en la esquina de Belgrano y Centenario2, a una cuadra de la estación. Actuaban en uno de los puntos de mi camino al colegio3. Soñé muchas variaciones de ese cantar hasta 1967, al concluir los estudios, no más de un año después de que Los Beatles dejaran de dar recitales, aunque todavía no sabíamos de su decisión de no volver a hacerlo; con la última ironía en la terraza de Londres, de la que terminaron desalojados por cuestiones de urbanidad.
En este nuevo sueño, yo no estaba del lado de la gente; observaba desde un costado del escenario, diría que desde atrás y a la izquierda. No me percaté sino mucho después, el auditorio estaba lleno, pero mudo.
Durante aquellos sueños juveniles, el sonido, imponente y aéreo, procedía de un lugar alcanzable; aun así, se sentía un eco de lo lejano, a la vez cercano e inabarcable. Qué creía escuchar, no podría afirmarlo, siempre me parecía nuevo, me fascinaba y no creía haberlo escuchado aún. Alguna canción que tenía algo del martilleo vibrante de You can’t do that o el látigo de Any time at all, pero no la reconocía, era nueva para mí; al momento de oírla me imaginaba también frente a un nuevo long play, con la emoción fresca de verlo, tocarlo, oírlo, sorprenderme y sentir la euforia de quien se inauguraba con ellos otra vez más. Cuántas veces imaginamos tapas, secuencias, pero siempre terminábamos desbordados por la sorpresa.
Ahora, en noviembre de 1980, mi angustia procedía de la voz de John que se quebraba, se hacía cada vez más débil. Qué canción, una de aquellas en la que su voz devenía vieja, cascada;, quizás Yer blues o I´m so tired; no sé si era Happiness is a warm gun. Ya no creo que fuera Dig a pony o tal vez se tratara de Don’t let me down. Su quiebre se iba perdiendo, constataba la merma de fuerza del alma, que también era la mía.
No le conté a nadie, me sabía a perder un viejo privilegio, el de tenerlos en alguna dimensión, cerca y creando.
1980. Era el 9 de diciembre a la mañana, cuando me estaba afeitando. Iba a dar un examen de griego*. Alicia se acercó temerosa, no atinaba a saber qué efectos tendría la noticia que escuchó en la radio sobre mí, se animó y me la dijo. Mataron a John Lennon. No pensé en ese sueño. Sentí el Sueño, partido, deshecho, por primera vez la comprobación de que en el fondo, había esperado una versión del mundo que ya no se daría con él.
Cuando llegué a la facultad, le di la noticia a Claudia** que ya no recuerdo si iba a rendir la misma materia. No puede ser, me dijo. Sí, le confirmé. Y ella se ató a una lógica inexorable: no lo pueden matar, como tampoco pueden matar al Pato Donald, me afirmó desolada.
Sí, había ocurrido. Después de tanta exposición, de mearles el mantel, lo habían logrado, al menos con su cuerpo.
1 Colectivo línea 4, tres pesos moneda nacional con 50 centavos por viaje, a poco de empezar y durante un tiempo (alcancé a viajar a $ 2,50 m/n).
2 Uno de las esquinas más concurridas de San Isidro, frente a la Pizzería Focaccia.

3 Comercial de San Isidro.
* La cátedra de Lorenzo Mascialino
** Claudia Rébori

viernes, 27 de junio de 2014


Yeso para el molde
sin coagular aún
se puede crepitar
                           y gotear
desbordarse en lágrima blanca
                                      blanda;
y el imperfecto nos espera
nos recibe
frío
de puro nuevo
de solos juntos
y quedan
afuera las figuras que hubiesen
respondido al asombro
pero ahora  adentro
si el rígido cobrar las formas
llega
ya no llegan
más horas
ni una
para el canto líquido que viaja.


Devenir



Al prisma en la incandescente noche.
A la rotación del cosmos
en el piélago sin vientos.
Hacia las cosas,
sin ellas.
En movimiento, con dirección aturdida
por el destemplado reclamo de los ojos vacíos,
apoderados de la muerte
para no vencerla nunca.
Pretendiendo olvidar
las costras heladas.
En el día sin nombre:
el que se vive.


martes, 13 de mayo de 2014


El dolor de la omisión

Aire libre de Anahí Berneri (2014)
Con los bordes rotos de un vidrio que hace estallar una y otra vez, Aire libre lastima.
Esa textura vidriada, traslúcida pero no enteramente transparente, muchas veces opaca, es la de una pareja que no puede construir su lugar sino que apenas lo imagina y al quebrársele, se desentiende, huye, apuesta al vacío, a los huecos. Miente, se miente.
Anahí Berneri vuelve a elaborar una historia que es sólida en su núcleo pero que nos resulta difícil de asir y dominar, no podemos sujetarla, no podemos domarla.  Berneri no es concesiva, no se brinda a un público que requiera andadores o rueditas adicionales, el aprendizaje del recorrido en la trama es exponerse a caer, a tropezar, a dolerse con la historia que muestra. Aire libre se retuerce e inquieta, no cierra juicios pero cuestiona a los personajes y, también, a nuestro modo habitual de percibirlos.
En el deseo, en la acción, los paradigmas con los que cada uno se acerca al otro hay omisiones, escamoteos de presencia. No hay entrega total porque no hay convicción. Se juega, como en parte de los intentos musicales que se dispersan en su transcurso, a integrar una melodía incompleta en la que hay, alternativamente, una parte que se apuesta y otra que no se resigna a la entrega; no se animan a poner en juego lo propio.
Precisa, detallista, implacable, Berneri avanza, crece, inquieta y exaspera girando el dial de sus criaturas que no concurren al mismo encuentro a pesar de ir al mismo lugar.
Ese no terminar de crecer para edificar la historia propia y refugiarse en el ámbito de los padres, tiene que ver con omitirse, prescinden de ellos, no se encuentran y, lo que es peor, no pueden ubicar o dejan de lado a lo que crean, en especial a su hijo.
Lucía (Celeste Cid) y Manuel (Leonardo Sbaraglia) no se comprometen ni en lo personal ni en lo familiar y tampoco en lo social, evitan y lo que no pueden enfrentar, les aparece con violencia, como amenaza, que muchas veces es la propia agresión o desidia o sus consecuencias. Ahí es donde Anahí Berneri vuelve a demostrar que, además de manejar estupendamente bien la imagen que se teje en los tonos diluidos que impregna en los personajes de Aire libre, sostiene y conduce las actuaciones de los protagonistas a puntos convincentes con esa fluctuación entre la desorientación, el deseo no hallado y la crispación constante, para hacerlos crecer con la historia y dejarle al espectador un lugar para su intervención creativa. Muy eficaces Sbaraglia y Cid, bien complementados por un elenco parejo en su intervención.   
Aun en su repetición absurda Anahí Berneri si bien no salva totalmente a sus criaturas, les deja abiertos resquicios por donde todavía pueden recrearse. Vamos por Aire libre, busquemos.