domingo, 16 de febrero de 2014


Vuelo de los ojos

Abrí mis ojos y vi dos luces.
Torpeza de tacto que renace, dibujé
sin piedad en un vidrio sucio las marcas
cuyas resonancias despiertan océanicas y atónitas.
Arena detrás, fiebre en travesía sin calma.
Si en un foco labré humo y tallé brisa,
en el otro fui satélite de ejes de la angustia.
No conocía el origen del invierno de las hojas
invisibles, retoñando penoso algún misterio,
ni sabía de los engranajes, espumas puntiagudas
del verano con sus barcos que vuelan
ebrios a su  morada de fuego,
ni del puñal de un otoño perdido, fatigado, loco.

Tampoco aguardaba tu boca apremiante
que setiembre conoce, río de cobre.

El vuelo preterido, ese vuelo
de amanecer sangrante y apurado.

A mis manos las junté en un puñado de sol
y las arrojé al mar para que sus mil bocas,
gigantescas e irritables dunas espumantes,
las tragaran, para recobrarlas en aliento de las algas.
Entonces, fue mudez de luz.
Acaso también sembré mis ojos en las olas,
demente acuidad de los que aman,
 para citar noctilucas, destellos del agua ensimismada.
Mi cuerpo soñó madejas
que la luna suelta cuando canta.
Mi piel sintió vacíos del rastrillo, memoria de un instante,
mientras pule el sexo de las rocas lastimadas;
y mis años quemados juntaron sus cenizas
                                                     y amaron.


martes, 7 de enero de 2014

¿ Quién aprende?

Preguntás, me abrís un día.

Busco en tus indóciles silencios,
en el perfume victorioso de tu llanto,
la molécula salvaje,
la llamarada desnuda.

Enardecés el aire mismo al cantar.

Busco mis olvidos cómplices
pero ya es tarde: los atesorás.

Rayo de los astronautas,

confirmame.

(de Guijarros, a ser publicada por Ditus Ediciones)
Sin desvelo, de  día 

Mece el sol empecinado.

Alcanza su callada urdimbre
para que se tiendan los párpados

y aparezcas.

(de Guijarros, a ser publicada por Ditus Ediciones)

miércoles, 30 de octubre de 2013

Lo vivo


Lo vivo, 30 de octubre (1983/2013)

por Fernando Iturrieta


Hoy, ya treinta años, para sostener en nuestro territorio otra vez el mundo que queremos vivir. Enfrentándonos al dolor, pero también superando el miedo.
Haciendo oír nuestra voz contra quienes reiterando su eficiente y mortífera seguridad basada en someter y anular las vidas   han ejercitado sojuzgar y acallarnos.
Treinta años para recordar y no repetir aquello que ha sumido en el terror, la impotencia y la injusticia la Argentina que amamos; y también para ser memoriosos e insistir y procurar nuestra posibilidad de transformar un país fosilizado, intolerante y temible.
Treinta años para  recorrer con una memoria alerta, gloriosa y dolorosamente viva y convencernos que llevamos transcurridos ya muchos más y tendremos que garantizar muchísimos más para tener muy firme nuestro derecho de exigir que todos vivamos en un país libre, democrático, justo y abierto frente a tanta barata y desmedida prepotencia de los que han manejado poder a espaldas de la gente y en contra de ella; y ejercerlo será también estar atentos y ver dónde se para cada uno y precavernos de disfraces y evasivas.
Treinta años también para poder disentir y mejorar, corregir, pero dispuestos a no ser manejados por aquellos que usan cualquier diferencia en el campo popular para dividirlo, por engendrar temor, distancias y odio entre los que necesitan ir juntos, aceptando sus diferencias para crecer en su concordancia.
Mi homenaje a lo que vive de aquellos que nos han ayudado a creer, en especial por la fecha a quien apelaba a que no siguiéramos hombres sino ideas porque los hombres, decía, fallamos (aun él, a cuya ausencia apelan las lágrimas de mi foto). Las ideas,  las que sostiene el pueblo tienen reconocimientos, pero no dueños: la pluralidad, su unidad, es lo que no podrán vencer.

viernes, 18 de octubre de 2013

LAS CAJAS (fragmento)
incluido en El tiempo que Cruje 

Fernando Iturrieta

No era de esperar, al menos aquella noche, en medio del fastidio, su cansancio, el tufo en la habitación que su compañero de pieza se empeñaba en no ventilar, con todo el tiempo libre que sólo ocupaba mirando el techo y su propia imagen en una foto infantil predilecta no se sabe por quien; no, no se podía imaginar que a esa hora, al abrir la puerta de su lado del armario con el simple y menor propósito de guardar su ropa para mañana, apareciera esa caja desconocida, intrusa, irritante.
Tampoco podía preguntárselo al idiota dormido con el pie salido de la cama como un resorte destartalado y casi para ser retirado como chatarra. Aunque la duda fuera tan fuerte, como para tener ganas de sacudirlo o cosquillear la planta impúdica o tirarle agua o aun incluso mearle la colcha, para que dijera por qué invadía su zona, por qué repetía su falta de límite. La caja era sólo la coronación de sus provocaciones. Hacía diez meses que en esa pensión compartía con él su pieza, y de cierta propensión inicial a tener una buena sociedad, habían pasado progresivamente, al disgusto, al desdén, al intento de subrayar la mutua indiferencia. Al menos este otro no robaba como el petiso amanerado que se había ido. El período de tres en el cuarto pareció un suplicio, la convivencia de dos, una hinchazón molesta.
No contaba con mucha luz, pero sacó del estante la caja, la llevó hacia la mesita contra la pared. Pesaba poco, no hacía ruido, parecía estar vacía. Era de madera clara, de superficie áspera, tosca. Tenía un gancho que trababa la tapa y la base, sin otra seguridad. Abrió: estaba vacía, en la parte interna de la base tenía lo que parecía ser una leyenda que bien podría ser la marca de un producto. No lograba verla bien con la escasa luminosidad de la pieza. A pesar de todo, no quiso tener un incidente y resolvió esperar a la mañana siguiente para verla mejor. Algo en lo escrito emergió como una reminiscencia, volvió a abrirla y reconoció algo inquietante: era su firma, la infantil, la que aprendió a hacer en el colegio primario, la que descartó apenas entrada la adolescencia. ¿Cuándo había firmado esa caja? Si era una broma, ¿de quién? Pensó si había dejado algún viejo recuerdo en el cuarto como para que alguien copiara algo tan desusado, tan viejo para él. Sebastián sintió que todo el tiempo había pasado y que volvía tangible como absurdo. Cerró la tapa e intentó dormir.
Quiso dormir, se propuso obligarse a dormir, pero no pudo. Apagó el foquito débil que quedaba prendido en la habilitación y en la oscuridad, el vaho de los cuerpos y los objetos, y la respiración, por momentos ronquido de Darío se hacían pesados, insolentes para un sueño que pedía, suplicaba, tener las partes en su alrededor calmas, calladas, como si el silencio fuera el orden previo al sopor necesario.
Pensó en sus útiles escolares, en las cajas, pero le aparecían estuches en otro material y jamás los había firmado. Trató de memorizar su firma sobre distintos planos, casi siempre papel, sólo una vez sobre el yeso que cubría la pierna de un compañero, madera...., creía que nunca. Se preguntó si no estaba ya dormido, si acaso aquello era un estado de supuesta vigilia metido en el sueño. No; no se le ocurría otra cosa que una broma macabra pero ¿de quién? ¿de Darío, ¿de la dueña de la pensión? Los interpelaría, los sometería a un interrogatorio. Pero, ¿en nombre de qué? Si no tenían nada que ver, quedaría en ridículo, no sabría como justificar sus demandas. Sin embargo, ¿qué otra posibilidad cabía, de no ser ellos? Sólo le venían sus sueños premonitorios, los que hacía rato no tenía: ¿ tendrían un costado de materialización, de poner en el espacio lo que sólo se mantenía en la conciencia? Respiró fuerte y la falta de aire se le hizo insoportable. Fue al baño, tenía una sensación cercana a la náusea, pero al salir de la habitación sintió por el pasillo un aire más fresco y fue sintiéndose mejor. Sus pies tocaban directamente el mosaico frío pero sin embargo eso le hacía bien, como si lo sacara de una tibieza asfixiante. Recordó que la caja estaba sobre la mesa y decidió guardarla en el mismo estante cuando volviera, quizás para mostrarle a Celia, la dueña, la muestra de la intrusión.
Volvió a la pieza y la caja estaba abierta. ¿ La había dejado así?  ... (sigue).